Imagínense que les ofrecen como regalo elegir una botella de vino entre dos posibles. Una cuesta 10€, y la otra 100€.

¿Con cuál de ellas se quedarían? Y lo que me interesa más que piensen: ¿Por qué?

Probablemente hayan elegido la de 100€, y haya sido porque piensen que contiene mucho mejor vino que la de 10€. Y, casi sin duda alguna, habrán acertado: Un vino de 100€ es generalmente mejor vino que uno de 10€. Por casi todo: el terreno, la calidad de la uva, el proceso de producción, el tratamiento posterior… Todos esos cuidados cuestan más, y hacen que el vino resultante sea más caro.

Ahora imaginen que les proponen elegir entre una botella de vino que cuesta 100€ y otra que cuesta 1000€. ¿Con cuál de ellas se quedarían? ¿Por qué?

En este caso, la suposición de que el vino de 1000€ es mucho mejor que el vino de 100€ no tiene por qué ser acertada. Puede ser, pero también puede que no. Desde luego, es difícil que el vino más caro sea 10 veces mejor que el otro, y, aunque lo fuera, sería muy difícil que la mayoría de los aficionados al vino pudieran detectar todos los matices que deberían mostrarse en el vino más caro, en detrimento del menos caro.

Es muy difícil que en una cata ciega (una prueba en la que se beben y valoran vinos sin saber cuáles son) todo el mundo elija el más caro. Algunos lo harán, por sus propios gustos personales, mientras que otros se quedarán con el menos caro. Desde luego, no podemos afirmar con certeza que todos elegirían el más caro, por el hecho de ser tan caro.

A menos que este “detalle” sea conocido.

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En el mundo del vino suele decirse que a partir de 100€ la botella, todo lo más que cuesta un vino se debe a circunstancias que no tienen nada que ver con el vino en sí. Principalmente depende de la ley de la oferta y la demanda, la cual depende de innumerables factores, como pueden ser el nombre de la bodega, del producto, la cantidad de vino producido, la habilidad de los expertos en márquetin contratados para promocionarlo… Y, ante todo, depende de la fama adquirida del vino, es decir: su nombre (renombre o reputación).

Como de hecho sucede con casi todo lo que adquirimos y consumimos en el mundo en que vivimos.

Por ejemplo: ahora olvidémonos del vino y pensemos en un traje. O en unos zapatos. O en cualquier otra prenda o accesorio que nos podamos poner encima. Una vez superado un mínimo de calidad, ¿qué hace que un traje de la marca X, que cuesta 5000€, nos guste más que otro de la marca Y, de 200€? Mismos materiales, misma funcionalidad, e incluso seguramente, misma caída. ¿Qué marca la diferencia? ¿La exclusividad? ¿El diseñador?

Así es, la marca, en resumen, es lo que en último término define el precio de un producto. O su valor, que no siempre es la misma cosa.

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Lo cierto es (y parece haber sido demostrado en innumerables ocasiones) que un producto caro gusta más que uno barato, aunque su utilidad sea la misma. Es decir, que a mayor coste, o fama (o ambas cosas), más placer proporciona al consumidor. Por lo que dicen los científicos que estudian estos temas, la percepción intelectual del precio, o la fama, o la exclusividad de un producto se recibe en un área diferente del cerebro de la que recibe el mero estímulo sensorial, por lo que a igual estímulo sensorial, más placer si ello va acompañado del estímulo intelectual que provoca el precio.

Sorprendente.

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La persona. Xavier Monclús

Xavier no es amigo mío, no es siquiera una persona a la que frecuente o vea a menudo, ni de vez en cuando. Pero no pasa nada: le he visto una vez en persona, en una cata de vino que impartía él, y también, mil veces, en este vídeo, en el que nos enseña, demostrando todo su arte escénico, cómo abrir una botella de champagne:

https://www.youtube.com/watch?v=vvSpUQ7lUgk

Xavier es importante para mí a causa de aquella cata suya a la que asistí una vez.

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El vino. Champagne Dom Perignon

Si hay un vino famoso entre todos los vinos es el champagne. Pero ojo, el champagne francés, el único champagne, del que se dice que “no es champagne si no es de La Champagne” (la zona de Francia dónde se produce, porque si no es de allí no puede llamarse champagne, sino espumoso).

Y es así por sus burbujas, por su color, por su estilo, por las películas de Hollywood (menos, curiosamente, por las francesas), porque va bien con todo (hasta con nada), porque se puede tomar hasta para desayunar (muy recomendable), porque hay que disfrutarlo (bien) acompañado (obligatorio el contenido de los paréntesis anteriores), porque está delicioso, porque, resumiendo, es lo más en el mundo del vino.

Y si hay un champagne famoso entre todos los champagnes, ése es Dom Perignon, el champagne que lleva el nombre del inventor accidental de este tipo maravilloso de vino con burbujas.

De la cata de tres champagnes Dom Perignon con Xavier Monclús, y de lo que a mí me parecieron, no hablaré ahora. Y no lo haré porque hacerlo confirmaría que los receptores sensoriales y emocionales de mi cerebro, como un matrimonio mal avenido, no acaban de entenderse. Afirmaré simplemente que, en realidad, no me importó nada cómo sabía el champagne que bebí aquella tarde, porque lo que me importó fue que bebí AQUEL champagne.

Cuando me invitaron a la cata, y por supuesto confirmé mi asistencia, admito que caí sin poderlo evitar en la mitomanía sobre el mito, escribiendo lo siguiente en alguna red social, justo antes de ir:

 … Este champagne no sé si será el mejor del mundo o no, pero sí que es el más prestigioso, o famoso (pregúntale a James Bond) o histórico, o algo así, ya que fue el primero, el que hizo Dom Perignon, el monje francés, que cuando vio lo que había salido por error gritó a sus compañeros monjes algo como: “”Venid, deprisa, estoy bebiendo estrellas”. Probablemente no será el más rico que haya probado nunca, pero seguramente sí el más emotivo y provocador de cuentos… O no.

Siempre premonitorio.

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Sobre el título de esta entrada

La primera vez que oí hablar de Dom Perignon y de su expresión al probar por primera vez su vino espumoso me vino a la memoria el comentario del astronauta David Bowman, el protagonista junto al ordenador HAL 9000 de la película “2001, una odisea en el espacio”. Esta frase la dice en la secuela, “2010: Odisea 2”, y se refiere a lo que ve cuando el monolito (inteligencia extraterrestre responsable de la evolución de la especie humana en la Tierra) aparece ante él, para hacerle (una vez más) evolucionar a un estado superior de la Humanidad: una miríada de estrellas.

Yo les recomiendo volver a ver esas películas, disfrutando de una botella de champagne mientras tanto. Porque el champagne… está lleno de estrellas.