MAS DE LO MISMO

VINO DE GALA

por | abr 7, 2017 | Enología, Hombres con Estilo | 4 Comentarios

Cuando nos gusta algo nos gusta compartirlo con alguien que nos gusta. Es un instinto natural, un acto de dar a alguien de quien, conscientemente o no, se desea recibir. Dar es un deseo fuerte que camufla el deseo más fuerte aún de recibir.

¿Quién no recuerda aquellas selecciones de canciones que componíamos en una cinta de casete y que regalábamos a aquella persona que nos gustaba? ¿Y quién no recuerda el placer que sentíamos cuando, al día siguiente, nos decía cuánto le habían gustado aquellas canciones, nuestras favoritas, que le habíamos regalado?

Dar algo es un placer, y ese placer aumenta cuando recibimos el agradecimiento, con palabras o sin ellas, de quien lo ha recibido.

Por eso nos gusta compartir con quien nos gusta algo que nos gusta.

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Una vez compartí con alguien la imagen de unos zapatos que me habían gustado mucho, antes de hacer intención de comprarlos. Se trataba de unos zapatos que tenían un adorno a los lados que me recordaba la clave de Sol de las partituras musicales, una especie de serpiente que se enroscaba y cruzaba los laterales partiendo del talón y ascendiendo hasta el empeine, lugar donde cedía paso a los cordones.

Me parecían muy bonitos, aquellos zapatos, y como me gustaban tanto, se los enseñé a alguien.

Su respuesta fría, precisa como una cirugía, fue: “Más de lo mismo”.

Omitiré cómo me sentí yo con esa respuesta. Pero, en el fondo, era una respuesta que debía haber esperado. Por varias razones, aunque ahora me quedaré con una sola: Debía haberlo esperado, porque tenía razón.

Es cierto que los zapatos, de cordones, color marrón claro y con puntera afilada, tenían aquel adorno original en clave de Sol, pero por lo demás, eran como cualquier otro par de zapatos. Eran más de lo mismo.

Y yo, que siempre reflexiono sobre las cosas que me dicen las personas que me importan, me quedé reflexionando acerca de lo que podía significar la expresión “más de lo mismo”, y no sólo aplicado a los zapatos aquellos, que tanto me habían gustado al verlos y que ahora, al mirarlos de nuevo con los ojos del desencanto, habían dejado de gustarme tanto.

Desde entonces, en mi vida han sucedido dos cosas a este respecto:

  1. He llegado a la conclusión de que el hecho de que una prenda o unos zapatos (como lo que venía al caso) no sea más de lo mismo no depende de algo concreto (forma, color, materiales, textura, adornos), porque todo está ya hecho, utilizado y combinado de todas las maneras posibles. De modo que, si queremos comprar algo que no sea más de lo mismo, debemos centrarnos en algo totalmente diferente, algo que no se aprecia solamente por los sentidos convencionales, sino que es más bien… una “sensación”. Si somos conscientes del hecho de evitar el más de lo mismo, sólo por el hecho de haber encendido ese receptor en nuestro cerebro, seremos capaces de percibir la originalidad de esa prenda o esos zapatos, del mismo modo que sabemos hacerlo cuando vemos una obra de arte de cualquier autor consagrado, por ser original, reconocible entre todos los demás, único.
  1. Cada vez que he comprado alguna cosa nueva para llenar mi armario, siempre he tenido presente esas cuatro palabras mágicas: más-de-lo-mismo. No sé cómo podría demostrarlo, no sé cómo he podido hacerlo, ni por qué sé que es así, pero puedo afirmar que no he vuelto a comprar nada que yo, al mirarlo, perciba que sea más de lo mismo.

Con el vino sucede algo parecido. Todos son iguales, porque se hacen de igual modo: dejando fermentar el mosto de uvas de diferentes tipos (igual que un traje se hace con un tipo u otro de tejido, tijeras, aguja e hilo). Sin embargo, nunca he oído decir de un vino (a diferencia de una prenda de vestir) que sea “más de lo mismo”.

Creo que la razón se encuentra en esa forma de percibir que mencionaba anteriormente, esa característica casi mágica que tiene un vino y que nos remueve los recuerdos, las ilusiones y hasta la conciencia cuando lo tomamos, y que permite que cada ocasión, cada botella y, llevado al límite, hasta cada trago que damos en algo nuevo, diferente, condicionado por todas y cada una de las estímulos que percibimos, por lo que vivimos o sentimos en cada instante. Por eso siempre es diferente, por eso un vino nunca podrá ser percibido como algo que es más de lo mismo.

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Como consecuencia de todo esto, ver a una misma persona cada día podría considerarse también como “más de lo mismo”. Y así es en muchas ocasiones. Afortunadamente, podemos hacer que eso cambie en cada momento que compartimos con alguien, no sólo con las vestimentas que nos ponemos o con cambios que sean evidentes (como los de humor, la curvatura de la sonrisa o la velocidad del pestañeo), sino con otros mucho más profundos y sutiles, que vienen dados por la propia evolución personal que no se detiene a lo largo de nuestras vidas, y que nos hace ser siempre un poquito diferentes.

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Como conclusión, diré que de lo que se trata es conseguir, contra algo que es más de lo mismo, algo que sea una variación sobre un mismo tema. Una vez leí que todas las historias están ya contadas, y que lo que cambia es el modo de contarlas. Porque todos los temas están ya inventados, y lo que marca la diferencia, como entre dos personas que son básicamente iguales, es el modo de contarnos a nosotros mismos, los matices que nos llegan al corazón.

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La persona. El vino.

Hoy podría haber hablado de cualquier vino y de cualquier persona que yo conozca relacionada con ese vino, porque, tanto el uno como la otra, serían diferentes a todos los demás vinos y a todas las demás personas. Por eso hoy no voy a hablar de ningún vino y de ninguna persona en concreto, sino que reto al lector a que juegue a un juego:

Vaya a una tienda de vinos y elija uno, cualquiera, el primero que se le ponga ante los ojos. Piense luego (o antes, no importa) en alguien con quien le gustaría compartir esa botella. Insisto: cualquier botella, estire el brazo y haga presa en una, blanco o tinto, sin preguntar, sin pensarlo. Llame a esa persona que ha elegido y ofrézcale compartir esa botella que ha elegido. Y luego, ya ante las copas llenas, cuéntele por qué lo ha hecho.

Y, otro día, si así lo desea, cuéntenoslo a nosotros también, aquí.

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Luis Astolfi (por José Carlos Ortiz)