MENÚ DEL DÍA Y TRAJES A MEDIDA

VINO DE GALA

por | mar 24, 2017 | Enología, Imagen Personal, Marca personal | 0 Comentarios

No. Es un hecho: no vas a cambiar.

Ya has visto que lo has intentado. Lo has intentado con todas tus fuerzas, con toda tu alma, alterando cada día tu tendencia natural, tus costumbres y tus hábitos (los malos y también los buenos), sólo para complacer. Sí, es cierto que tú también pensabas que era mejor que actuaras así que de la otra manera, no sólo con quien te exigió cambiar, sino también ante todas las personas con las que te relacionabas, te importaran o no; pero al final ya has comprobado que no ha servido de nada. Por más que te modificabas, por más que de ti dabas, siempre quería más. Y al final te convertiste en alguien que no eras tú, sino en alguien a su medida, a base de moldear hábilmente el barro de tu existencia premiando lo que le gustaba de ti y castigando de mil maneras lo que no, como si de un animal amaestrado de circo te trataras.

Lo sientes, hubieras querido hacerlo, pero no vas a cambiar y ambos lo sabéis.

Porque puedes cambiar, pero no puedes permitir que nadie te cambie.

Cuando la relación entre adultos es elegida voluntariamente y no impuesta por las circunstancias, tenemos que aceptarnos tal y como somos. Es evidente y natural que habrá cosas que nos agraden de los demás, y otras que nos desagraden, y que de manera natural también sopesamos lo que nos gusta y lo que no, lo ponemos en una balanza, y elegimos. Si pesa más el desagrado, se abandona. Si aunque pese más el agrado hay algo que nos desagrada tanto como para hacerlo inaceptable, también se abandona. Si pesa más el agrado pero hay cosas que nos desagradan, entonces no nos queda más que aceptarlo, aún con disgusto.

Pero hay personas que no saben abandonar a tiempo, y tampoco aceptar lo desagradable de alguien quien, por lo demás, les es importante. Y en ese caso, lo que intentan es cambiarlo, para erradicar todo eso que no les gusta de la otra persona.

Lo cual es un error.

Y lo es porque querer cambiar a alguien que no es como tú quieres que sea es el primer paso para entrar de lleno en el mundo de pesadilla que es el maltrato. Maltrato psicológico al principio, cuya evolución “natural” e inevitable acabará llevando hasta la violencia física.

Las personas somos un menú del día en un restaurante, y no una comida a la carta, si bien no somos un menú cerrado, sino uno con algunas opciones entre las que podemos elegir (carne o pescado, vino o cerveza, postre o café), aunque sin derecho a solicitar que te pongan algo que no consta en dicho menú, por mucho que nos gustara que lo hubiera. Para eso hay otras opciones.

Las personas somos el vino que hay dentro de una botella. Puedes elegirla, o elegir beber otra, pero no puedes alterar lo que hay en la copa si no te gusta. Y si lo intentas, por ejemplo a base de añadir gaseosa, simplemente arruinas lo que era, porque deja de serlo.

Las personas, también, somos la americana que nos probamos en la tienda, tras haberla elegido entre muchas otras (por razones varias) que colgaban del perchero. Podemos solicitar pequeños arreglos, un poco de ajuste aquí, un poco más ancho allá, pero no podemos modificar la estructura básica de una prenda porque no nos guste, por mucho que nos guste algo de lo que tiene. Nadie nos cambiará el tejido si no nos gusta aunque nos guste su dibujo a cuadros; tampoco podemos pedir rayas porque nos guste la tela pero no los cuadros. Y tampoco cambiaremos nosotros para adaptarnos a ella, metiendo la barriga para abrocharla o encogiendo los hombros para alargar las mangas. Si es mucho lo que queremos cambiar, entonces es mejor cambiar la elección y hacernos un traje a entera medida.

Porque en el mundo de las personas, a diferencia del mundo de la sastrería, no podemos comprarnos un traje hecho a nuestra medida.

Hoy he decidido tomar un vino que para mí es perfecto tal cual es, vestido con un traje que para mí es perfecto tal cual es. Otro día hablaré de algún vino a medida que he tomado, y de los trajes a medida que he encargado, pero eso es otra historia y será contada en otra ocasión.

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La persona: Pilar Higuero, y su vino: A Pita Cega (la gallina ciega)

Fue en junio de 2012 cuando un amigo me invitó a una cata con algunas personalidades del mundo del vino. Cada uno llevaba una o dos botellas, y todos cataban todas y opinaban según su criterio. Mi amigo llevó una botella tapada, para hacer con ella una cata ciega (en la que solamente se podía ver el color del vino. El vino les pareció a los expertos bajo de acidez, normalito, flojo (literalmente, aunque lo dijeron en inglés, ya que alguno de los presentes no hablaba español). Sólo a mí me gustó mucho el vino, y así se lo dije a mi amigo, que se alegró mucho de mi punto de vista, coincidente con el suyo. A los otros les pasó sin más, y, una vez descubierto el misterioso y desconocido vino, pasaron al siguiente.

El vino era un magnum (botella de 1,5 litros) de A Pita Cega, añada 2011.

Yo escribí a quien lo había hecho, ofreciéndole mi humilde opinión, y así fue como conocí a Pilar.

Desde entonces nos han pasado muchas cosas juntos, montones de ellas, todas buenas hasta cuando han sido malas. Cosas nuestras. De todas, mencionaré mi presencia y limitada colaboración en la vendimia del 2013, allá en Sabariz.

A vuelapluma diré que Pilar es andaluza, dicharachera, divertida, simpática, poseedora de una personalidad arrolladora, familiar, hospitalaria, y, en términos de vino, poseedora de un ojo clínico espontáneo y natural que le ha permitido crear delicias como las que hoy nos ocupan.

El vino, añada 2011, estaba recién embotellado por entonces. Meses después pude volver a beberlo, esta vez más tranquilamente, y de aquella ocasión surgieron estas líneas, que yo publiqué en mi red social:

A Pita Cega 2011. Febrero 2013.

 Brillante, luminoso, un viaje a un lugar que ya desde la vista te deja ver lo que va a ser después. La temperatura alta, inevitable consecuencia del ansia y del traslado, se va templando merced al hielo que, como el que se desliza por la espalda del compañero de juegos, le prepara para ser consumido en una sesión de besos. En todo momento muestra sin vergüenza alguna su cuerpo denso, prieto, graso. Un cuerpo terso y joven que pide más un pellizco que una caricia. Un cuerpo redondo, cremoso, espeso, pleno de fruta ácida y una pizca de amargor al acabar el trago, intensa largo rato y luego, en la despedida, susurros de amargor que en la boca es amargura porque no te quieres marchar. Y mientras esperas en silencio te repite a gritos lo que ha sido, lo que ha ocurrido, y el sabor de su piel en la boca no se marcha, el tacto fresco y cálido de sus labios permanece, la sensación del beso húmedo de fruta madura se queda, sin llegar a ser recuerdo porque la sensación es persistente, no un efecto de la memoria sino de los sentidos excitados, imágenes de pasión, de vino empapando la piel erizada y bebido a sorbos que son como suspiros, dulces, frescos, deliciosamente envolventes, un abrazo que abraza la cintura con las piernas mientras los brazos, más que abrazar, dejan a las manos acariciar el rostro que mira a los ojos, fascinado, cubriendo los cuerpos con sudor salado y oleoso, perseverante como la huella del instante supremo de beberse un cuerpo amado.

Por esa cosa imprevista de la magia de las redes se empezó a hablar de las gallinas ciegas, que iniciaron un viaje de acá para allá, convirtiéndose, tanto por su calidad como por su escasez, en “ese claro objeto del deseo”.

Un año después de aquella reunión de expertos a este vino le dieron un premio, siendo encumbrado por una de las personalidades que lo denostaron aquella vez.

Mucho había cambiado el vino (que yo creo que no tanto) o que nunca es tarde para recapacitar y casi nunca lo es para dar marcha atrás en las propias consideraciones…

Desde entonces he tenido ocasión de catar más botellas de este vino (y algunas que, en casa, me quedan por catar), en diferentes añadas, comprobando, entre otras cosas, que no importa el momento en que se beba, el vino siempre cumplirá con cualquier expectativa que se pueda haber creado.


A Pita Cega, 2012. Septiembre 2013.

Se presenta ante mí desnuda, pero el deseo que siento por ella no hace más que crecer cuando se viste, con la plateada y etérea tela de su nombre, justo antes de dejarse acariciar por mis manos trémulas. La miro de abajo a arriba, la recorro con mis ojos ávidos de belleza ajena, deteniéndome a mirar deslumbrado, con la impudicia del que mira un cuerpo con descaro, cada destello luminoso de su piel clara con brillos verdes. Espero inmóvil, y con el corazón temblando quiero imaginar lo que me espera. Los recuerdos de un anterior encuentro burbujean en mi memoria como mosto fermentando, las ganas de sentir de nuevo son tan grandes que dilato el momento de acercar mi nariz a su piel bañada con esencias de albaricoque y fresa, intentando que el primer suspiro de aroma se quede ahí, en el aire, entre ella y yo, sin que llegue a penetrar mi olfato, para hacer crecer, así, el deseo. Y cuando ya no puedo más, me zambullo otra vez en su cuerpo terso, ligero y delgado y aún así, pleno de curvas lúbricas y voluptuosas por las que se deslizan mis manos ávidas, boca ansiosa que araña la piel de sus labios al besarlos, ya convertido el recuerdo vivo en realidad alcanzada y nueva. Los besos frescos, sabrosos, ya no son los primeros besos, desconocidos, que se intercambian en un primer encuentro, se han transformado en los besos conocidos, recordados, deseados durante las noches interminables noches de insomnio y pensamientos de añoranza, recurrentes e incontrolables, en los que el echar de menos se volvía, minuto a minuto desvelado, en el mayor deseo, de largo por encima del deseo de poseer, por primera vez, algo enloquecidamente ansiado. El sabor salado de los labios que te acercan la brisa de un mar embravecido y cercano, sabor que se lame con la lengua en un gesto vagamente viperino que acompaña la sonrisa que adelanta el beso, beso a un tiempo frío en los sentidos y ardiente en su percepción consciente, dulce de fruta fresca, fresa ácida cuando te excita los sentidos y se extiende como arroyo de glicol por cada rincón que otros recuerdos no tan limpios dejaron, algún día, en mi memoria.

-Tú vas a ser mejor que ella.

-¿Voy a ser?

Y entonces, de repente, cuando me mira con gesto fiero y se revuelve como un gato acorralado me doy cuenta del error, porque cuando se da un beso, no se puede pensar en el beso que se dio antes, y tampoco en el que se dará después, y sin saber cómo pedir perdón opto por callar, por no añadir más leña al fuego de su mirada.

A Pita Cega 2013, el mío. Octubre 2014.

Evocación de la vendimia.

Tiene el dulzor de mis recuerdos, la sequedad de mi carácter, la acidez de mi ironía cuando me enfado, el amargor de un presente que no acaba de colocarse, la brevedad de los planes de futuro que puedo atreverme a hacer.

 

A Pita Cega 2011. Nueva cata. Año Nuevo 2016.

Recuerdos. Susurros al oído. Sorpresas. Errores también, cometidos para no volver a ellos. Ilusión. Amistad. Mirar adelante sin dejar de mirar atrás.

Es dulce, con su característico arañazo al final, como el de una mujer cuando te quiere, para que no te confíes, para que no te creas que es incondicionalmente tuya.

Está muy bueno, como nunca….

¿Quién decía que un vino blanco sin crianza no es longevo?