No se conoce muy bien cuál es el origen del saludo, aunque se sabe que el gesto de estrechar las manos proviene de las tribus primitivas. Era una forma en la que los guerreros, para demostrar que deseaban mantener una relación cordial y que no portaban armas, mostraban sus manos como gesto de cordialidad y amistad. Así ofrecían una declaración de no agresión y acercamiento.

En cualquier caso el saludo significa acercamiento, aproximación, y si este es franco y sincero, contribuye a propiciar una mejor relación y a que las personas se predispongan a tener un mejor día.

A lo largo de la historia el saludo ha ido evolucionando, veamos cómo. En la cultura egipcia, las personas saludaban inclinando el cuerpo y bajando una mano hasta la rodilla en señal de respeto. Otra civilización, la judía, lo hacían con una inclinación de cabeza y un abrazo. En la griega se estrechaban la mano. Y por último, los romanos, ofrecían y apretaban el antebrazo.

La costumbre de besar la mano a las señoras comienza en el siglo XVII.

Hasta principios del siglo XIX, la mayoría de los saludos eran solemnes y rigurosos. El que saludaba a un superior se inclinaba hasta quedar en ángulo recto. Después se pasa a hacer una reverencia con la cabeza tras una breve inclinación y más adelante, se consideró suficiente descubrirse quitándose el sombrero.

El saludo es algo muy propio de la cultura y las costumbres de cada país, siendo una formula de cortesía y demostración de amabilidad y afecto. Corresponder a un saludo, ayer y hoy, tiene un gran valor simbólico. Su negación u omisión, es considerado como falta de delicadeza y mala educación, aunque también puede demostrar enfado e irritación.

A veces una simple sonrisa puede alegrar la vida de una persona e iluminar su día. Un consejo, la próxima vez que saludes a alguien ofrece tu mejor sonrisa, es tu mejor carta de presentación.
Autora: Lola García, Empresaria y Directora de la Escuela de Profesionales, Expertos y Autores