Tengo una americana de color rojo. Rojo sangre oxigenada, rojo intenso, luminoso, brillante. El tejido es lana y cachemir, por lo que su apariencia visual es similar al terciopelo, aunque mucho más suave que el terciopelo, al tacto. Es cruzada, con seis botones, y las solapas acaban en punta de lanza. Es preciosa, y como su diseño es clásico, no ha pasado ni pasará de moda.

La compré en 2005 en Milano (muy poco antes de que cerrasen), en la Puerta del Sol de Madrid. Milano era hace 30 años la única tienda que yo conocía a precios de veinteañero en la que tenían chaquetas de mi anchura (poca) y longitud (bastante), por lo que no me quedaban, como las de los demás sitios, ni anchas con las mangas bien, ni bien con las mangas cortas.

Y como, que yo recuerde, sólo me la he puesto una vez, está como nueva, sin trazas de deterioro por el uso.

Una sola vez.

Y se preguntarán… ¿Por qué, Astolfi, se la ha puesto una sola vez si tanto le gusta?

Pues les voy a responder, porque hay una razón. Siempre hay una razón para todo.

Muchas personas conservan botellas de “grandes vinos” (expresión que suele significar “vinos muy caros”) para abrirlas en alguna ocasión muy especial. El nacimiento de un hijo, una boda, el centésimo cumpleaños de un padre, la recepción de una herencia… Lo que ocurre es que a veces se espera tanto tiempo que quienes abren la botella son los herederos que han recibido dicha botella como parte de una herencia, lo cual, para el propietario original que la ha conservado con tanto esmero, no resulta muy satisfactorio.

Esas ocasiones especiales parece que se resisten, y en general, los que nos gusta el vino nos resistimos a abrir las botellas de grandes vinos que podamos tener en la bodega, hasta que llegue ese momento.

En el mundo del vino eso se ha solucionado propagando la opinión de que el momento más especial para abrir un gran vino es precisamente el de abrir ese vino. Que el vino hace especial el momento.

Quizá sea así con el vino para muchos, pero yo, con mi americana roja, no puedo decir lo mismo. Ponérmela no convierte la ocasión en especial, porque además, a diferencia del gran vino, me la podría poner cuantas veces quisiera, y no solamente una, como sucede al abrir esa botella.

Así que, desde que la compré, he aguardado a una ocasión especial para ponérmela, dada su llamativa naturaleza. Es decir, he esperado a una ocasión oportuna para ponerme esa chaqueta, ocasión que, después de aquella primera y única, no ha vuelto a suceder.

Fue una cata de vinos que impartía yo, y fue especial por eso precisamente, porque era la primera vez que lo hacía. Pero nunca podría (podría sí, digamos mejor debería) ponerme esa americana para ir a una entrevista de trabajo, o a la oficina, o a un entierro, ni siquiera a una boda o a algún otro momento de celebración. Tampoco debería ponérmela si una sola persona que ya me haya visto con ella asistiera al mismo evento.

El resumen es que esa americana fue una compra poco práctica, porque, hasta hoy, admitiré que siempre he dudado que volviera a vestirme con ella en público.

Pero nunca me ha importado. La saco de vez en cuando del armario, la miro, la toco, y a veces hasta me la pongo para mirarme con ella en el espejo. Es tan bonita, tan cálida, tan especial… Que me da lo mismo no salir al mundo con ella.

Aquella ocasión la convertí en algo más que especial vistiendo mi americana roja, la convertí en única.

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Como decía otro día, el vino y la vestimenta tienen muchas cosas en común.

Cada prenda que compremos nos va a indicar la oportunidad de vestirla. Sean americanas, un traje completo, unos zapatos, una camisa o una corbata, cada una de ellas, como cada vino, tendrá su momento adecuado para utilizarlas. Por tanto, de igual modo que seguramente no abriremos una botella de un gran vino tres veces por semana, tampoco nos pondremos tres veces por semana unos zapatos de correa marrones y crema, o un traje verde con cuadros rojos y amarillos, mientras que beber un vino sin pretensiones y a buen precio nos acompañará a diario, del mismo modo que nuestros sobrios zapatos Oxford negros o los marrones “de batalla” con los que tan cómodos nos sentimos, vestidos con nuestro traje de lana azul marino o una americana de algodón beis.

Hay prendas que son para muchas ocasiones; otras, para algunas; otras, para unas pocas; algunas, para casi nunca, y unas pocas, muy, muy pocas, para una sola vez.

Con el vino pasa lo mismo. Hay vinos de todos los días, otros para tomar de vez en cuando, y otros que se reservan para momentos muy especiales. Cuanto más sobrio es algo, más uso podremos darle en nuestra vida. Y viceversa. E igual que no bebemos todos los días el mismo vino, tampoco llevamos cada día el mismo traje, ni la misma camisa o corbata, ni los mismos zapatos. Todo se fundamenta en la oportunidad de cada momento, y todo, todo es oportuno en algún momento, por muy extravagante que nos pueda parecer en otro. El equilibrio está en llamar la atención (positivamente) pero sin pasarse y caer en el ridículo de cara a los demás (lo que sería muy negativo), y que te haga sentir fuera de lugar. Y debo hacer constar que, en general, yo opino lo que Quevedo: ande yo caliente… Pero nos guste o no, vivimos en un mundo lleno de “los demás” y, al final, la mayoría de lo que hacemos, como comentaba no hace mucho en el blog de Elena Valor, lo hacemos por y para los demás.

Hoy he decidido elegir un vino que para mí es oportuno elegir hoy, un vino extraordinario, vestido con mi americana roja cruzada roja y mis zapatos marrón claro y crema, algo también extraordinario para mí.

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La persona. Basilio Izquierdo

Si hay alguien clásico entre mis amigos del vino es Basilio. Basilio fue el responsable técnico de la bodega CVNE durante 32 años, responsable de Imperial y artífice inicial de Contino. En la actualidad posee la bodega que lleva su nombre, dedicándose a producir una serie de vinos (llamados B de Basilio) que suponen una vuelta a las raíces del clasicismo de La Rioja, pero con un toque de modernidad e innovación que los hace únicos. A nivel personal, Basilio es (en palabras de mi amigo José Carlos Ortiz, autor de la imagen con la que firmo estas entradas) “un amigo prestado”, prestado por él, José Carlos, paisano y amigo desde la infancia de Basilio, en su pueblo natal,  Socuéllamos, en La Mancha. Yo le conozco desde hace unos años ya, y gracias a esta amistad (prestada y nunca devuelta) puedo decir que mi vida, tanto la enológica como la personal, se ha enriquecido desde entonces.

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El vino. VRO-485052

No hay palabras para describir con precisión este vino, de modo que me permitiré enviar al lector a mi blog personal La Vida es cuentodonde intenté describir mi primera experiencia con esta invaluable joya. Confío en haber sido capaz de transmitir toda la emoción que me proporcionó la experiencia. Algo inolvidable.

Helo aquí: EXPEDIENTE VRO-485052

 

 

 

 

 

 

 

Luis Astolfi (por José Carlos Ortiz)